martes, 19 de febrero de 2008

ar.In´ Communication


dibujo AGM - carbonilla

Artículo/ Arte / publicado en Crann N° 14 / Año 5 - Junio de 2004

Se ha fijado usted alguna vez, digo, en esos momentos donde uno tiene tiempo para contemplar su derredor, lejos quizás del mundanal ruido o mejor, de contemplar el mundanal ruido. Se ha fijado en ese mundanal ruido, ¿cómo se va tejiendo la comunicación entre las personas? No digo cómo tejemos la comunicación nosotros mismos, puesto que estaríamos ubicados en el desventajoso lugar de analizar nuestros propios dichos o mensajes, sino (salteándose esta dificultad, ya que para analizar lo que dice uno puede pagarle semanalmente a un psicólogo) la de prestar atención a lo que se dicen las personas entre sí.

Dos cosas: primero, prestar atención realmente, no como solemos hacerlo, con esa escucha lateral, dispersa, liminar. Sino focalizándose en lo que se dice, buscando un sentido profundo, último. Segundo: lo que se dicen las personas entre sí. Cuánto de lo que se dice es para realmente comunicarse con el otro y cuánto es para uno mismo, o acerca de uno mismo.

Sobre el mensaje detrás del mensaje, sobre lo que se entreteje con él, sobre lo que se dice por detrás de lo dicho, sobre lo que se reitera, más podrán decir los analistas y los simpatizantes de Lacán. Sobre la parte del mensaje que se dirige al otro, sobre lo que "comunica" también hay quienes están más autorizados que nosotros, no ya a opinar, sino simplemente a analizar, o a decodificar. Sin embargo tenemos el derecho del observador a precisamente: observar, describir poner relieve a un hecho percibido.

Se me ha dado pensar, de aquí algún tiempo atrás, de que en rigor la comunicación es una farsa. Hasta diría que la comunicación no es si completamente imposible, sí muy difícil. Y es que, hasta el intento más estúpido de mensaje se tiene que leer entre tal maraña de implicancias, variaciones, interferencias, interpretaciones, pautas culturales, tonos, inflexiones, sorderas, que es al llegar una sombra tan pálida de lo que pensó quien quería emitirlo en un principio, que nos debemos conformar con suertes de graznidos que nos imaginamos armonías.

Considerando además que quien piensa en decir algo, debe filtrarlo por el tamiz de su propio entendimiento, intentando explicitar por medio de lo dicho, lo pensado. No debemos dar cuenta sobrada de que lo pensado y lo expresado no es lo mismo ni mucho menos, y de que siguiendo la idea del filtro algunos deben conformarse con algunos rezagos de melita de boca estrecha y demasiado uso (y cuando no, vicios literarios e influencias contradictorias), que torna sus mensajes en un brebaje demasiado espeso de digerir. Está también el antagonismo de quien no expresa claramente por falta de notas en la trompeta, haciendo que soportemos sus solos monocromos y somníferos.

Expresarse es precisamente expresar-ser. Las palabras que usemos, las que repitamos, las ideas que prestidigitemos darán cuenta de lo que tenemos adentro (horroooooooooor!!!) así estemos pidiendo un café.

A pesar sin embargo, de todos estos dimes y diretes que atraviesan nuestras palabras antes de llegar al oído deseado (y algunos más que nuestra ignorancia afortunadamente nos evitará describir), se pueden advertir en los mensajes, y en este caso de lo hablado: constantes, repeticiones y lugares comunes. Aquí está el punto donde quería llegar (aquí al fin), y es el de la cantidad de frases hechas, muletillas, dichos, etc., que encontramos enredados en las voces más diferentes.

Existe una cosa llamada letra, que combinada forma lo que damos todos en llamar palabra, que sería la primera partícula de sentido (este análisis es mío), al menos en nuestro alfabeto. Por poner otro ejemplo, en el caso del alfabeto chino o japonés, cada signo corresponde a una palabra (o sea para un signo un sentido, en el caso de ellos al menos dos), lo cual hace que su idioma sea algo solamente dominable por su encomiable cultura: cosa de chinos. Nosotros en cambio, con estas partículas llamadas palabras (división hecha de significado y significante bla, bla, bla) contamos con la bendición de poder combinarlas infinitamente para expresar nuestros conocimientos, alegrías, pesares, poesías y cartas documento. Pero, contrariamente a lo que se podría pensar, esta infinita combinación no es explotada.

Mi paranoia a dado en descubrir una cantidad finita de combinaciones preestablecidas que repetimos sin cesar. Tanto si se trata de frases hechas, como del intercambio de ellas en una conversación. Solamente asistir a una charla en el almacén, entre despachante y despachado, dará cuenta de un juego doblemente fascinante porque muchas veces es ignorado por quienes se solazan en practicarlo. Podemos incluso asistir a charlas completas compuestas de estas frases. Como en el ajedrez, todo es una combinación de ciertas jugadas repetidas y memorizadas que se concatenan ¿lógicamente?. Si uno tuviese una memoria más exacta de las cosas, ella nos revelaría que hemos asistido a las mismas charlas, al mismo intercambio puntual, en numerosas ocasiones. Sería gracioso pensar que quizás ciertos dejavu que tenemos, son simplemente conversaciones reiteradas a las que ya hemos asistido.

La típica charla entre vecinos: "qué tiempo loco", a la que se continúa con un "Ilueve, deja de Ilover" o "hace frío, hace calor" ¿Cuántas veces la escuchó? ¿Cuántas veces la dijo? O las fórmulas para saludarse:

a: -¿qué tal, cómo andás?
b: -todo bien ¿vos bien?
a: -sí bien ¿tu familia?
b: -bien ¿la tuya?

"Buenos días", "buena tardes", "buenas noches". ¿Qué es buenos días? ¿Un deseo para que el otro convierta mágicamente por la acción de nuestras palabras su día en un “buen día”? ¿Dar cuenta de que el nuestro es un "buen día"? ¿Y el del otro? ¿Nos interesa que esta vieja vecina tenga un "buen día"? Ahhhhhhhhhhhhh, es por una cuestión de buena educación. Ser bien educado es decir algo que no sentimos. ¿Mentir acaso? ¿Cuándo tiene usted el deseo de decir ¡qué buen día!? ¿Y entonces por qué lo dice todo el tiempo?

"Adelante, póngase cómodo” ¿Qué hacemos? ¿Obedecemos a nuestro primer impulso y nos sacamos los zapatos? Nooooooooo!!! ¿Qué es ponerse cómodo? Yo cómodo estoy cuando estoy desnudo, entonces me desnudo. Nooooooooo!!! Es la sala de espera del médico!!! ¿A quién se le ocurre? A mi, si tomo al pie de la letra lo que me están diciendo. Y cuando digo "tomo al pie de la letra" estoy incurriendo en lo mismo que observo en los demás.

También las frases que plagan noticieros televisivos y diarios:

1 ) "Un huracan azota el Caribe". ¿Por qué los huracanes azotan? ¿Por qué no soplan, destruyen, etc? ¿Por qué siempre se dice que azotan?

2) "El citado nosocomio" ¿Usted usaría siquiera en chiste una expresión como ésta? ¿Y por qué las crónicas periodísticas la repiten invariablemente?

De este catálogo ínfimo, enumerado solamente para despertar en ustedes los ecos de otros giros que recordarán o advertirán han oído, se desprende una pregunta simple: ¿Por qué? ¿Por qué repetimos estas frases hechas todo el tiempo? La pregunta es simple, la que es difícil es la respuesta.

Según el diccionario un rito es un "... acto formal en el que los participantes realizan una serie de acciones relativamente estereotipadas y pronuncian declaraciones conforme a unas normas rígidas y minuciosas, prescritas en gran medida por la costumbre y aprobadas de antemano...". La similitud con el hecho que estamos describiendo es sospechosamente similar. Y nuestra sociedad, a pesar de la proliferación orgiástica de teléfonos celulares, tarjetas magnéticas, microchips, microondas, microcirugías, etc.(que podrían hacemos suponer que el rito es una práctica caduca), está jalonada de este tipo de conductas.

Seguimos cumpliendo ritos, religiosos o paganos, cuando nos casamos o cuando tiramos agua en carnaval. Cumplimos ritos de paso o simples ritos cotidianos, y hasta las futbolísticas cábalas no son otra cosa que ritos. El rito sin embargo, puede ser visto también, no solamente como parte de una superstición primigenia que nos legaron (vestigio tal vez del pensamiento mítico animista de nuestros ante-ante-ante-antepasados), sino como ritual que sirve al repetirse para mantener un orden imperante, un sistema funcionando tal y cual está.

Piense sino cuántas de las cosas que llevamos a cabo están de tal manera ritualizadas que de no hacerlas así, siempre igual, tenemos la vaga sensación de que algo malo podría sucedernos. Desde revisar la puerta y los gases cerrados antes de irse a dormir, o comenzar a bañarnos siempre por la cabeza, hasta los protocolos que rigen embajadas y otros lugares donde seguramente estaríamos mal vistos. Todo ritual (y esta es una opinión mía) tiende a evitar la disgregación. La repetición de algo hace que ese algo viva, aunque sea momentáneamente, marcando de paso una línea pequeña y perpendicular en la inasible y más larga e infinita línea del tiempo. Quizás para que no nos inquiete tanto el sentimiento del desorden, de no progresión, de no evolución, de no escalonamiento, de la anti-organización que sobrevendría si no tabuláramos de alguna forma el tiempo.

Pero desde el momento en que el rito deja de ser algo personal y privado (como podría ser una cábala o una promesa, las cuales preferentemente deben ser secretas), y se convierte en algo social para el cual se requiere dos o más personas, deja también de ser algo inofensivo; porque tiende a poner en jaque no ya la disgregación de la persona (o su universo personal), sino a combatir la disgregación del sistema que estas personas componen, es decir, la sociedad.

Lo más curioso de este hecho es que el que describimos (o el que creemos descubrir), no es un mecanismo anti-disgregación surgido desde el poder hacia el cuerpo social (leyes, regulaciones, reglamentaciones, historia, etc.), sino desde el cuerpo mismo; desde las partículas hacia las partículas. Y es por eso tal vez que es tan arraigado y tan subliminal, que cuesta retirarse para considerarlo (incluidos fatalmente nosotros también en esta trama)(en esa trampa).

La explicación de por qué el grupo quiere mantenerse como tal mediante estos mecanismos laterales y elípticos; de por qué en estas ocasiones se emite la comunicación simplemente para formar el vínculo sin importar el mensaje (un mensaje convencional y reiterado); esta explicación no se encuentra al nivel del razonamiento, no al menos al nivel que yo puedo manejar. Sin embargo voy a apuntar un hecho que siempre me llamó la atención, y que desde la intuición puede llegar a arrojar alguna sugerencia para su posterior consideración.

Todos los días puntualmente a las 6:00 am (lo se porque vivía enfrente), suena una sirena chillona e irritante en el hipódromo, que anuncia el comienzo de los entrenamientos. Todos los días, también puntualmente, los empleados del hipódromo llegan a las 5:30. Los que comienzan a llegar gritan a los demás (lo más retrasados) mientras los ven venir de una distancia prudencial (esto varía entre los cien y los cincuenta metros) (los gritos como habrán podido adivinar son MUY fuertes). Este saludo, lejos de una fórmula amigable, combina de forma sorprendente los insultos más injuriantes, atendiendo al estado civil del recién llegado, las conductas de su esposa, su madre, su hermana, etc. Sin embargo, el que arriba, lejos de enojarse se ríe grandemente (gran demente) y dispara con sus mejores gritos fórmulas parecidas; finalmente todos se ríen juntos.

El cariño de los hombres encuentra formas brutales de expresarse. No pudiendo darse un abrazo quizás, la vía sustituta para darle salida es esto tan parecido a la agresión, a la injuria. Pero el vínculo está. El vínculo se produce incluso antes de la cercanía física, encuentra una manera de sobrevolar la distancia para iniciar antes la comunicación. Tal es la premura por agruparse (por combatir tal vez la amenaza velada que se cierne sobre las madrugadas invernales), que encuentra esta forma curiosa de adelantar el contacto, de combatir el desamparo.

La soledad es a veces un bloque de hielo demasiado grande para nuestro vaso. La manera de ahuyentarla es a menudo la menos explícita (sobre todo para quien la produce), pero es tan simple como el invencible deseo de NO ESTAR SOLOS. ¿Y no estar solos para qué? ¿Para no escuchar demasiado fuerte los fantasmas que deambulan por nuestra cabeza? Quizás. O para no constatar en definitiva (como lo hizo Lacán) de que en realidad: EL OTRO NO EXISTE; de lo cual se desprendería irremisiblemente que en efecto (sepanlón), ESTAMOS SOLOS (glup!).

2 comentarios:

Carlos Carpintero dijo...

Tal vez alguna vez te han dicho que eres muy inteligente, pero que nadie entiende lo que dices. Tal vez alguna vez te han dicho que tus textos son muy buenos, pero no los han leído. Tal vez te han dicho que gozas del don de la erudición, la iluminación, el enciclopedismo, la teoría crítica y el deconstrucccionismo radical condensados en un ser, pero sacando todas esas palabras de Wikipedia. Tal vez te han dicho que es muy bueno lo que escribes pero te recuerdan que los diseñadores gráficos no leen, o te preguntan por tus grandes clientes de Diseño para ver cómo te legitimas. Tal vez hay un montón de pelotudos que te hacen preguntas pelotudas. A mí me sucede todo el tiempo, y eso que no escribo tan bien como vos.

Nico da Rocha dijo...

Hola,
te agradeceré infinitamente si sos tan pero tan amable de devolverme el favor y colocar un link a mi sitio, donde has dejado un mensaje promocionando tu blog. http://www.divague.com, online desde 1997.
gracias.
Nicolas da Rocha, el mas famoso desconocido de siempre.