martes, 1 de abril de 2008

ar.Tuning!


Imagen AGM

Artículo/ Arte / publicado en Crann N°16 / Año 5 - Octubre de 2004

Muchos de nosotros tenemos la costumbre o la curiosidad, más común en hombres que en mujeres, de observar a los automóviles por la calle. Es claro que desde pequeños nos inculcan (bien lo sabía Freud) las tendencias o vicios que en el futuro gobernarán o impedirán nuestras vidas: a las niñas les regalan el espejo y el lápiz de labios, a los hombres la pelota y los autitos. El por qué de que luego en la vida adulta este orden se subvierta a veces, e intercambie tal tendencia, no es un interrogante que este escrito quiera o pueda dilucidar. Pero en cambio podemos reflexionar acerca de cómo, cuando un automóvil se nos muestra diferente a la trama uniforme que la estandarización nos impone en el paisaje automotriz, quienes de este modo estamos alertas a ese universo, nos vemos de tal modo estimulados.

En el horizonte simbólico y en los deseos de todo individuo medio, se inscribirá la admiración hacia los modelos deportivos de alto rendimiento; y en los últimos tiempos, a las camionetas cuatro por cuatro, que son más una moda pasajera de raíz americana. En nuestra infancia no soñábamos con manejar una burguesa cuatro por cuatro, algo concebido en la paradoja que supone andar por el barro cómodamente y sin ensuciarse, pues los interiores y el confort de un último modelo de estas desmesuradas demostraciones de volumen, es el mismo o superior al de un automóvil de alta gama. Al contrario, nuestros sueños eran los de pilotear una inalcanzable Ferrari (roja of course), sin condicionar nuestras ensoñaciones infantiles por los baches insondables de nuestras rutas, a cuyo voraz apetito hubiera sucumbido cualquier coche deportivo. Señalaremos también que en otra flagrante contradicción, el tránsito de las cuatro por cuatro está circunscripto casi en su totalidad al entorno citadino o urbano, donde son evidentemente innecesarias y hasta incómodas, su proverbial fortaleza y sus dimensiones.

Volviendo a nuestros añorados deportivos, símbolos del deseo de generaciones, que observaron extasiados cómo los pocos que podían darse el lujo de tenerlos, disfrutaban de las mieles de los caballos que empujaban adentro del capot; cabe destacar que es inusual toparse con una de estas rara avis, a no ser en las nutridas calles de la capital, donde las probabilidades se amplían merced a su demografía desmesurada, y como no, a la variopinta población que incluye a quienes por poder adquisitivo pueden darse ese gusto.

Despejemos aquí un mito. Los automóviles deportivos alojan gente sonriente (al menos en las fotografías) no porque vayan disfrutando de un cómodo viaje de placer, sino porque hicieron antes, todo lo que no pueden hacer en este tipo de automóviles. El deportivo es antisocial por excelencia. Si no es de dos plazas, como corresponde a un automóvil de alta performance de raza, los asientos traseros quedarán reducidos a simbólicos habitáculos incómodos, oscuros y de difícil acceso. Por tanto sólo se podrá transportar con cierta comodidad a un acompañante, y ni hablar ya de equipaje. Queda claro que el deportivo, como amable extensión del coche de carrera que es, está destinado solamente al placer del conductor; con la condescendiente inclusión de un (1) acompañante. Testigo tal vez solamente incluido para apoyar la veracidad de las hazañas del piloto, cuando este narre inverosímiles tiempos de dos horas y fracción para un viaje Buenos Aires Mar del Plata.

Otras contras. Para ingresar en la categoría de deportivo, un automóvil deberá tener una escaso despeje al suelo, lo que veda su tránsito en caminos que como antes mencionábamos, no se encuentren en perfectas condiciones.

El deportivo es incómodo. Quienes frecuenten las mieles de un deportivo deberán "tirarse" adentro, y acomodar su cuerpo a una posición similar a la que adopta en la cama al mirar televisión antes de dormir, con un bulto de almohadas detrás de la espalda, pues además, y para mejorar el CX, el automóvil poseerá un techo lo más bajo posible. Este tipo de vehículos no admite pues el transporte de tías viejas, impedidas cronológicamente de ciertas contorsiones.

La dura suspensión que implica la tenida en ruta y en curva de un deportivo, hace que la conducción se vuelva inconveniente y pletórica en saltos en las cunetas antipáticas y traicioneras de nuestras latinas metrópolis. El consumo de combustible del motor, que en el caso de un deportivo multiplicará con holgura los centímetros cúbicos de la cilindrada de un vehículo standar, será sensiblemente superior al de este último, pero redundará en un funcionamiento más veloz. El mantenimiento de un deportivo demanda además, cuidados, talleres especializados, y erogaciones de dinero muy superiores a las que exige cualquier otro auto.

Por otro lado, quien acceda a este objeto, podrá experimentar a la velocidad de 216 km/h, la misma sensación de quien se arroja en caída libre, con la facilidad de detener tal placer oprimiendo un pedal; evitando lo efímero de paracaidismo, o la poco recomendable y mucho más dolorosa inconveniencia de no contar con paracaídas.

Pero no sólo del placer hedonista derivado de la conducción deportiva, pródiga en sensaciones intensas y difíciles de reproducir por otro medio, vive el deseo del hombre occidental promedio de poseer una de tales maravillas, sino también de su valor en tanto que símbolo. De status, de poder, de coraje romántico, o de bohemia. Sin embargo, un análisis en este registro, ya sea de su consideración como objeto de uso o de cambio, o bien de su categorización en términos "psicologistas" como fetiche, demandaría una extensión muy superior a las ambiciones de este artículo. Baste asentar a esos efectos, y sin intentar analizar profundamente sus fundamentos, que el automóvil deportivo, por símbolo y no por usabilidad o confort, es uno de los objetos de deseo más caro al hombre occidental.

Pero lamentablemente, y en una cuestión que también forma ineluctablemente parte de su encanto, el automóvil deportivo estará destinado al uso de unos pocos elegidos, que gracias a la brutalidad del vil metal que desconoce de merecimientos y virtudes, puedan acceder a él.

original truck

En sus inicios la industria automovilística, y hasta la llegada de Henry Ford, fue un pequeño mundo exclusivo para quienes se aventuraran a utilizar las infernales máquinas nacidas a partir de los experimentos del ignoto Nicolás Cugnot, y la propulsión a vapor, y más tarde de los señores Benz y Daimler. Efectivamente, los automóviles formaban parte de la aventura romántica de principios de siglo, que incluía estas y otras ingeniosas travesuras de los ingenieros, como el aeroplano. Hasta que la aparición de las teorías de un americano llamado Taylor no tuvieron consecuencias, los automóviles se construían como piezas de lujo que eran, o como una sofisticada artesanía: uno a uno.

Esto posibilitaba su personalización, ya que cada vehículo era encargado por un propietario que lo utilizaría. Este propietario era parte del espíritu elitista que lo sindicaba como perteneciente a la clase pudiente que podía comprar un automóvil, y que veía en el carácter único y exclusivo de los objetos que utilizaba, una cualidad fundamental y simbólica. En principio, muchas empresas se dedicaban a proveer el kit esencial de chasis y motor que un "carrocero", vestiría a gusto del propietario. De ahí que la "personalización" y exclusividad del diseño de un auto, era un valor que ya estaba incluido con la compra de uno.

Cuando Ford pone en práctica la línea de montaje, donde el automóvil se iba construyendo progresivamente, y pasaba por delante de operarios especializados destinados a un solo trabajo, y condenados por añadidura a la repetición monótona de éste (como ridiculiza Charles Chaplin en “Tiempos modernos”), cambian radicalmente las reglas del juego, y hacen del automóvil un objeto al que desde ese momento podía aplicársele el adjetivo de "popular". Ya que la línea de montaje resulta mucho más económica que el antiguo método de fabricación, trasladando este beneficio monetario al precio final del producto. Esa misma idea de popularizar el uso del automóvil, llevaría más tarde a Hitler a encargar a Ferdinand Porsche el diseño del Volkswagen (en alemán, auto del pueblo).

Una de las cualidades del automóvil que más se vería afectada por el "fordismo", sería precisamente su personalización, y su diferenciación con respecto a una masa de automóviles gemelos, fabricados bajo idénticas y reiteradas condiciones y mecanismos de producción. "Usted puede tener un Ford modelo T del color que quiera, siempre que sea negro" (Henry Ford sic).

No obstante, paralela a esta tendencia siguió subsistiendo la figura del carrocero, que en el caso por ejemplo de los automóviles de lujo destinados a las estrellas de Hollywood, dio notables ejemplos de sofisticación y capricho. Durante mucho tiempo se sostuvo en los automóviles de lujo esta dualidad de ser, además de un producto seriado e industrial (en lo que respecta a la motorización, chasis, etc.), una especie de obra única y original, con ciertos ribetes que la vinculaban inconfundiblemente con lo artístico.

La idiosincrasia europea de posguerra llevaría a su industria automotriz a fabricar modelos económicos y compactos (esto en líneas muy generales), como los salidos de las megafábricas Fiat, en contra de los diseños de grandes turismos americanos, lujosos y potentes, destinados a surcar la enorme geografía del país del norte, con un plus de confort. Con todo y pese a la adopción natural del sistema impulsado por Ford, muchas de las grandes marcas sostuvieron, dentro de los límites de una carta de colores y opciones de interior posibles, el valor de la "personalización". Esto era dar un cierta singularidad a un automóvil que por precio, se vinculaba a quienes veían en la originalidad y la exclusividad (las clases altas), un valor importante. Aun hoy es parte de la jactancia de marcas como Rolls Roice, Jaguar, Porsche, y otros fabricantes de automóviles de lujo o deportivos, el incluir un sin fin de opciones de personalización que escapan a los autos genéricamente definidos como populares, que ofrecen al comprador un magro margen de decisión, incluyendo apenas el color del auto, su motorización, y poco más.

tuning o diseño popular

Los dos incisos anteriores, no son más que el desmesurado preámbulo que anticipa el tema central de este artículo, apenas enunciado en el título. En ellos se han ilustrado, de forma imperfecta seguramente, dos conceptos que sustentarán estas posteriores elucubraciones: el deseo de tener un deportivo, y el afán de personalización de los automóviles de lujo, reñida con la estandarización monótona de los autos populares. Del cóctel de estos componentes surge a nuestro entender lo que popularmente se ha dado en llamar “tuning”.
Etimológicamente la palabra anglosajona tuning define una variante determinada de ajuste y “entonación” de componentes mecánicos y electrónicos de la ingeniería automotriz, destinados a la obtención de una mejor performance.

Existen al menos dos variantes identificables del tuning. Por un lado está la deportiva, compuesta por quienes preparan autos para competir en velocidad las llamadas "picadas" o cuarto de milla, cuya máxima expresión son los "dragsters" americanos; aquí se pone el énfasis en la puesta a punto de los motores, con la inclusión de desmesuras tales como el óxido nitroso. Por otro lado está la variante estética, con destino a "exposiciones", o el simple disfrute por parte del propietario (o la "tribu" como diría Maffesoli) que es en la que más nos interesa extendernos.

Históricamente se pueden encontrar las raíces del Tuning en varios lugares a un tiempo. Antes de la Segunda Guerra mundial, Alemania conoció las primeras modificaciones del ya mencionado y clásico Volkswagen escarabajo. La joven pasión que ocasionaban los preparados "roadsters" en los Estados Unidos de los años ´50, se pone de manifiesto en películas como “Revelde sin causa”, o las más reciente “American Graffiti” que lanzó a la fama al joven George Lucas; en esos films se puede encontrar el reflejo de la obsesión americana por los automóviles, las carreras de autos, y los vehículos preparados y personalizados. Actualmente, la saga de la película “Rápido y furioso”, da una idea del mundo del tuning, a quien soporte noventa minutos de un fiasco de argumento, con una voluntad más antroplógica que estética.

La tendencia que primero se difundió en Estados Unidos, Alemania, Francia, Italia, Gran Bretaña y Japón, se ha extendido por todo el mundo creando una verdadera multitud de clubes, publicaciones, exposiciones, y otras formas de contacto entre los componentes de este curioso universo. Que tiene además el apoyo logístico de los comercios especializados, que responden a la demanda de los entusiastas cultores del tuning. Internet a contribuido sin duda, y en el ciberespacio proliferan los foros y ciberclubes a través de los cuales se coordinan reuniones, intercambios de todo tipo y ayudas para quienes buscan consejos, repuestos o simplemente iniciarse en este fascinante mundo.

El hecho es que, y este es el punto que sin duda posibilita el desarrollo de un artículo de estas características en una publicación de arte y diseño, existe en la voluntad de “tunear” (adorable spanglish) un automóvil, un innegable componente estético. Y este componente estético es el que vincula los elementos que hemos hecho jugar al comienzo de nuestro artículo. Precisamente el deseo de tener un deportivo, hace que los propietarios de autos populares, huérfanos de toda personalización, operen a través del tuning, particularizando sus vehículos a imagen y semejanza de los deportivos. Aún sabiendo que el agregado de alerones, spoilers, tomas de aire y pinturas de toda índole, no mejorarán la performance de su automóvil. Que no puedan comprar el objeto inalcanzable de su deseo, no significa que no puedan emular la “sensación” deportiva mediante artilugios visuales de toda índole, e incluso sonoros, como cuando agregan un escape “silen” que con su inconfundible e inconveniente algarabía, adornará las tardes muertas del conurbano.

Los contemporáneos cultores del tuning operan como los antiguos carroceros, con la diferencia de que parten de una estructura existente, modificándola. Lo insólito y sofisticado de sus incursiones, configuran modificaciones que pueden, merced a su alto grado de complejidad, desdibujar el perfil conocido de un automóvil estándar hasta hacerlo irreconocible, mediante la implementación de alternativas estéticas no siempre felices. Precisamente, la consideración estética de estas intervenciones, debe superar el prejuicio que las considera en líneas generales, dentro de la inapelable categorización de “grasas” o “mersas”.

Pródigas en estilos vinculados con la ficción científica, la fantasía de la alta tecnología, la aplicación de materiales y colores insólitos y la proliferación de pinturas vistosas y combinaciones de estas que transgreden el sobrio paisaje automotriz, las personalizaciones nacidas del tuning desafían las convenciones del “buen gusto”. Además, la elección del automóvil para su modificación posterior, no siempre se condice con el cometido original pensado para dicho vehículo. Gracias a eso, podemos asistir a la conversión de “utilitarios”, como camionetas y combis que en la inagotable imaginería del tuning, se transforman a imagen y semejanza de los automóviles deportivos.

Hacer una valoración estética de los resultados del tuning, expresaría el gusto de quien aquí escribe, y no redundaría en beneficio de quien por sí mismo, es decir el lector, debe esforzarse por comprender sin prejuicios, una tendencia que en la actualidad y por lo extendida, expresa una profunda inquietud estética, en quienes someten su interés, su tiempo y su dinero a este ¿hobby?. Por esto, el tuning se muestra también como una reacción de quienes no se conforman con lo estandarizado, que no cubre sus expectativas estilísticas; desafiando nuestra capacidad de asombro, y poniendo de paso en duda el trabajo de los diseñadores que desarrollaron el automóvil que será la base de sus modificaciones.

Si puede llegar a sonar exagerado llamar la atención sobre este fenómeno desde el punto de vista del arte y del diseño, y desde una valoración de orden estético, no hay más que pensar que los filetes o el fileteado, sin duda una personalización vernácula que ostentaban en el pasado nuestros colectivos, ha sido tomada en la actualidad como estética exportable, y reivindicada de diversas formas desde el campo artístico y diseñeril, como imagen de una especie de “pop art” nativo. Es de destacar que este tipo de expresión era en el pasado, como el tuning actualmente, también vinculada con lo "cursi".

En el futuro, cuando junto a nosotros en el semáforo se detenga una Fuego GTA Max, con la trompa baja porque le cortaron dos vueltas de espiral, capot con toma de aire simil Ferrari F50, pintura en verde manzana metalizada y plateado, llantas Mangels de aluminio con cubiertas 185 R14 adelante y 225 R16 atrás, luces de neón verde fluo debajo de los zócalos, interior personalizado con pintura al tono, tacómetro cuentavueltas, medidor de presión de aceite y voltaje de batería agregados al parante del lado del conductor, volante Momo de formato octogonal, butacas Recaro de competición con cinturones de seguridad de cuatro puntos de sujeción, equipo de sonido con potencia y parlantes cuatriaxiales en luneta trasera y puertas, escape cromado y alerón doble de fibra de carbono, no sonriamos de forma condescendiente. Tampoco admiremos tamaña demostración de fantasía en los términos del kisch, concebido para que la conciencia del esnobismo disfrute con tranquilidad de los frutos de lo popular.

Pensemos que este objeto, “nuevo” y original, se trata de la legítima expresión de una inquietud que subvierte el orden general inherente a todo lo que es producido en serie. Que se trata de la cristalización de tal vez cientos de horas de trabajo, y lo que es más importante, de una preocupación estética por parte de su propietario, aplicado en hacer un objeto único y a su modo, por que no, bello. Pocos son los que tienen la valentía de asumir sus fantasías, y de mostrarlas (demostrarlas) además, un poco vanidosamente por cierto, al resto del mundo. Desde aquí saludamos a quienes se encuentran enfermos del tan notable berretín del tuning, con la simbólica y sonora pirotecnia de nuestros escapes libres.