viernes, 6 de enero de 2017

Felicidades
por Andrés G. Muglia
                 
            ¡Lindas mañanas! Cuando el agua del mate está en su temperatura justa, y el sol entra a patadas en el cielo sublevando el celeste y las nubes. Y los pájaros nos cuentan que existe la vida, que no está estancada en esa cama nublada de sombras y calor, sino que despierta y dice: ¡arriba ganso, a yugarla!
            Todos duermen, estoy solo en la cocina y el aire entra por la ventana y el mundo parece un lugar digno de ser. Pero después, cuando la gente despierta, y el vecino pega un portazo cagándose en quienes duermen; con esa especie de venganza torpe que se toma por levantarse tan temprano; entonces las cosas se empiezan a ensuciar de vida, de vida real, y la mañana no es tan linda.
            Al rato baja mi compañera, desgreñada, de mal humor porque la nena la pateó toda la noche. Reclama algo. No la oímos. Nos hacemos los que no la oímos. No sacamos la basura, o no colgamos el toallón mojado, o no sacamos el perro a mear. Y no la oímos un rato, hacemos fuerza, pero lamentablemente podemos cerrar todos nuestros agujeros menos lo oídos, y la oímos. Y el día se mancha de nuevo. Pero la queremos. Cuida a los chicos, nos da de comer, nos tolera como a osos malhumorados, se deja.
            Pero no nos comprende. No puede ni podrá comprendernos. Nos cambia el canal de la tele y se agarra la compu. Le hablamos. Uno piensa, a pesar de que nos interrumpió (¿qué interrumpió? nada en realidad) que tiene que hablarle, ser simpático, preguntar como durmió. Error. A las mujeres no les gusta hablar cuando se levantan. Sospecho que es algo orgánico, algo del ADN, como si tardaran en calentar los motores. Entonces no contestan. O contestan a desgano, como haciendo un favor.
            El hombre se despierta hablando. Deja de hablar en su sueño con esa mina que no recuerda la cara pero que estaba desnuda, y sigue hablando con quien tenga al lado. Pobre del tipo que no tenga con quien hablar. Pobre Robinson hasta que vino Viernes, y hasta cuando vino le tuvo que enseñar a hablar en su lengua, civilizarlo a los palos (costumbre tan inglesa) para que el otro pudiera entender algo de lo que le decía.
            -Hoy es navidad- dice ella como al pasar mientras engulle la última galletita del paquete.
            Yo miro la galletita desaparecer de este mundo, esa galletita que estaba guardando (con mi mente) para el último sorbo de mate.
            -¿Y?- digo con toda la intención de molestarla.
            -Tenés que ir a comprar los regalos.
            Me dan ganas de gritarle por qué no los compró, pero no lo hago. ¿Por qué no los compraste vos? sería la respuesta. El matrimonio es un ajedrez de jugadas predecibles, de diálogos predecibles.
            -Ok. Ahora voy. ¿Qué va a traer Papá Noel?
            - Algo barato para cada chico, lo nuestro ya lo compré, para vos ojotas y para mí una crema para la cara.
            Pobre Papá Noel, está en crisis como el país.
            Agarro las llaves y tomo el último mate, besito de viejo matrimonio que casi queda en el aire y a la calle. ¿Dónde están la nieve y los cascabeles? ¿La gente con pulóveres con imágenes de copos de nieve y renos de nariz roja? ¿Dónde está el sueño invernal? No nene, estás en Sudamérica, tu sueño invernal es una pesadilla de verano con treintaisiete grados a la sombra y ochenta por ciento de humedad.  
            Mientras manejo imagino que no voy a poder estacionar, que el centro va a estar atestado, que lo que quiera comprar va a valer el doble que la semana pasada, que me gustaría pasar una navidad con nieve, con leños ardiendo en la chimenea, comiendo pavo y viendo a los chicos jugar por la ventana a tirarse en trineo. Pero eso no sucede, estoy seguro, más que en la imaginación de los gerentes de marketing. En Sudamérica buena parte de nuestros sueños son prestados.
Momento. Ahí, justo ahí, freno en medio de la calle, me matan a bocinazos, no importa, lo vi. Un auto estacionado hizo un levísimo movimiento. Espero unos segundos. Más bocinazos, pero mi instinto, como el de un cazador avezado ha dado en el blanco. Un automóvil rojo, un bello y generoso automóvil rojo, deja un lugar para estacionar. Felicitándome por mi corazonada disfruto mi triunfo, que quizás sea además de las ojotas, mi único y humilde regalo de navidad.