jueves, 31 de enero de 2008

ar.Tener o no tener (that is the question)


Tapa Crann N°3 - diseño Crann

Artículo/ Arte / publicado en Crann N° 3 / Año 2 - Abril de 2000

Episodio 1:

3 de la mañana. Desvelado. Zapping. El remoto cae en un también remoto canal de la punta de la sintonía. Un viejo se acomoda en una silla, parsimoniosamente. Canal de documentales (un buen canal para terminar un día largo). Parsimoniosamente se desprende su impecable traje negro con una camisa que le cae (el cuello) muy sobre la solapa. Camisa con alas. Acercamiento, zoom que revela una cara carcomida por las arrugas, increíble, una cara que vivió mil vidas, una cara usada como un zapato, una cara cuyas expresiones se han repetido por millones de veces por miles de años, una cara demasiado cara. En el fondo de esa cara, de esa piedra arrugada y morena, dos ojos pequeños, hundidos y brillantes como dos aceitunas, guiñan el único rasgo de vida que parece subsistir. Desde la boca y por casi toda la mejilla derecha una cicatriz hunde la carne y parece prolongar un rictus incomprensible. Está colocada allí como un rasgo afectado de una novela policial negra, pero esta cicatriz ES de verdad, alguien clavo un cuchillo en aquella piedra con forma de cara hace cientos de años. Las manos inmensas se mueven y acomodan el micrófono. Son las manos de un campesino, con los dedos desmesurados y las uñas sucias, son las manos de un animal fuera de este mundo, no serían más sorprendentes si tuvieran siete dedos.

Una guitarra ensaya un punteo complicado y nos llega el aire inconfundible y andaluz, un aire lleno de reverberancias y mezclas de perfumes, las uñas brillantes y alargadas enhebran notas en complicadísimos compases, pierden la melodía, la vuelven a encontrar milagrosamente. El viejo permanece inmóvil como un pisapapeles, y no mucho más expresivo. Mis dedos se deslizan inquietamente hacia el remoto, hacia paisajes más excitantes. Y de pronto sucede. El viejo ... como decirlo ... abre la boca, grita, no, canta, no, ambas cosas a la vez, tal vez. Lo cierto es que profiere un alarido tan formidable, tan fuera de este mundo como su cara, como sus manos, un alarido sobrehumano, un alarido que con un simple cálculo aproximado, advertiremos que él no podrá producir ni con todas las energías de cada una de sus células (si estas se pusieran de acuerdo y gritaran a una vez), pero lo hace de todas maneras. Y este grito va decreciendo, va modulándose, y va diciendo “hay que desgracia”. Si la desgracia pudiera decidir cómo quiere ser expresada, yo creo que iría a golpearle la puerta humildemente a este viejo. Y las palabras siguen, desgarradas como por un cuchillo, diseccionadas, apretadas, asfixiadas; y el viejo sigue. Empieza con un grito, y luego lo modula y salen palabras: tremendas, no muchas, solamente un par de palabras, pero el como están dichas, en ese momento uno puede comprender qué es la desgracia. Mis dedos se alejan del remoto. Estoy atrapado.

Episodio 2:

En ocasiones de tomar un curso de dibujo con un famoso retratista de esta ciudad, y ante la ausencia de modelos, catástrofe habitual de toda escuela de dibujo clásica, el maestro (odio este adjetivo obsecuente), rectifico, el profesor, colocó con chinches en un pizarrón uno de sus dibujos, para que lo copiáramos. Dudosa pedagogía pero que producía en fin, un par de horas de atención a un modelo, y una solución simple a un problema repetido. El profesor, debo aclararlo, era un viejo con unas manos desmesuradas, arrugadas, manchadas, y algo temblorosas, como todo él.

Como el dibujo a carbonilla (un retrato de una niña, algo efectista) estaba un poco borroneado por el manoseo, el profesor tomó una carbonilla de mi maltratada caja de pasteles y se acerco al dibujo. El carbón temblaba un poco y se perdía entre sus dedos. Atención. Entonces: la magia. La punta de la carbonilla se deslizó por todas las líneas del dibujo como llevada por otra mano. Una mano joven, firme, segura, sabia y llena de talento. Toda la vejez, el temblequeo, la vacilación, desaparecieron en un instante. Apareció un fuego salido de quién sabe dónde, que llevaba el trazo resueltamente, sin una duda, con la presión exacta, precisa y delicada. La operación fue realizada en quince escasos segundos. Después, la niña sonreía nuevamente, y el viejo profesor estaba a un lado del retrato, tan encorvado como antes mirando atentamente el dibujo a través de sus gruesos lentes. Ya se había ido. El ángel había desaparecido. Voló quince exactos segundos delante de nuestros ojos azorados, y se fue.

Episodio 3:

Otra de música. Nuevamente espectador de la caja boba. El privilegio de ver espectáculos internacionales en pantuflas. El Modern Jazz Quartet en concierto. Debo aclarar que la grabación más reciente que poseo del MJQ es del año 72, por lo que encontrar a los mismos músicos de la foto, altos morenos y en extremos refinados (afectados tal vez), convertidos en señores gordos y pelados (o mejor con ciertos fabulosos dibujos hechos con su pelo en retirada simulando vanamente cabelleras) me causa una sensación similar a ver jugar a Pelé en el senior de la selección brasilera, una mezcla de veneración fetichista y lástima.

Hay que aclarar que entre las filas del MJQ, se encontraba enrolado el mejor (según dicen los críticos) vibrafonista de la historia del jazz: con ustedes Milt Jackson. Bien es cierto que el mejor vibrafonista de la historia (de toda la historia) debiera ser cualquiera que pudiera tocar efectivamente ese aparato demoníaco que es el vibráfono. Desde mi óptica limitada de observador sin conocimiento (el tan mentado lego) adivino que para cualquier persona con capacidades motrices similares a las mías, el dominio de este aparato debe establecerse a través de algún pacto a lo Fausto. No concibo otra posibilidad. Lionel Hampton, otro insigne de la historia del jazz, evidentemente había entablado relaciones con el demonio, nunca mejor metáfora: tocaba con fuego.
Los músicos toman asiento, Lewis esaya algunos acordes en su Steinway, mientras por el fondo se desliza una figurita trasparente, como de papel manteca, en un smoking azul y su cuello arrugado parece bailar en el cuello planchado de la camisa blanca. Es Milt Jackson. Es evidente que los años pasaron para él más que para ningún otro. Es un viejo. Un auténtico viejo. No un viejo bien conservado, saludable no, un VIEJO. Todas las noches, el humo, los cigarrillos, las giras, todo está dibujado en su cara como un mapa de su vida. Este viejo tiene en las manos los palillos juguetones que completan el vibráfono; un rasgo patético, las manos tiemblan, no un poco, TIEMBLAN. Nos acercamos a ver la operación de un cirujano tembloroso. Empieza la música.

Lewis hace un breve introducción (económica como siempre) ayudado por batería y contrabajo, después una breve pausa y le dejan todo a Milt Jackson. Pelé en el senior, le acaban de tirar un pelota demasiado larga para su pique ausente, no va a llegar, NO PUEDE LLEGAR, Jackson lo revasa toma la pelota con suficiencia se encamina hacia el arco. Sus manos dejaron de temblar y los palillos caen con una velocidad pasmosa por su exactitud en el sitio indicado, con un agregado más (un condimento que sólo poseen los negros): swing. El trabajo no es un trabajo, este hombre no está trabajando, está hablando, esta cantando, está haciendo que nuestros pies se muevan inconscientes, en este momento el mundo tiene swing porque Milt Jackson se lo puso. El viejo a dejado de ser viejo y se eleva con soltura por sobre todos nosotros, se eleva con su vibráfono, juega con él, hacen el amor como un viejo matrimonio, sabiendo que caricias gustan más, cuales no, con cierta ternura, sabiduría, conocimiento, verdad. Luego termina, deja la vibración el aire. El público emocionado aplaude de pie, yo aplaudo emocionado solo con mis pantuflas y mi TV, Dios aplaude de pie.

Epílogo:

En “En el camino”, libro de J. Kerouac, hay una secuencia donde el protagonista (el propio Kerouak) visita con su alter ego Dean Moriarty, verdadero protagonista no ya de la novela sino de la vida, un bar en Manhattan (si mal no recuerdo); en ese bar toca un pequeño grupo y un trompetista. Cuando el trompetista comienza a tocar Moriarty le dice al protagonista que lo escuche con atención, con mucha atención, porque ese tipo: LO TIENE. Kerouak se apresta a preguntar qué es lo que TIENE ese fulano. Moriarty responde: “si preguntás eso es porque voz no lo tenés”. Cuando comienza a tocar el bar explota, el trompetista entra en trance, se eleva, Moriarty grita: “lo tiene, lo tiene!!!”.

Qué es tenerlo. Yo creo que tenerlo es el momento en que la vida nos pone frente a lo que sabemos hacer. Hay una cosa que usted sabe hacer mejor que nadie. Una cosa. Tocar la guitarra, pegarle de chanfle a la pelota o una sopa. Usted es en ese momento el mejor. En ese momento usted LO TIENE. Hay quienes desgraciadamente nunca lo van a tener, NO LO TIENEN, aunque suene duro, no todos tienen ese privilegio.

Estos tres artistas, evidentemente LO TIENEN. Evidentemente. Y cuando llegan a ese punto, a ese momento, donde la vida los pone frente a la posibilidad de tenerlo, nos llevan de viaje con ellos, y después vuelven a ser lo que eran. En esos momentos se transforman en algo atemporal, algo que no tiene tiempo, que no tiene edad, tiene solamente sabiduría, sensibilidad refinada, algo que no da la juventud, que no puede dar la juventud. Dejan de “ser” para “SER” lo que están destinados a SER. Dejan las pequeñas miserias cotidianas del temblequeo, el dolor en el pecho, la pastilla de la hipertensión, los consejos del médico, y se convierten no en lo que fueron, sino en algo mejor, en alguien que posee toda la sabiduría de la experiencia y olvida que la fuerza y la energía, no están más en la lista de sus virtudes. Entonces ocurre la magia, entonces concurren los ángeles, citados por estos personajes.

EL ARTE LES DA LA VIDA (DA LA: DA ALAS), EL ARTE ES LA VIDA.

En tiempos donde las carreras más promocionadas terminan a los treinta y pico (modelo o futbolista) da que pensar que la madurez de un artista llegue tan tarde. Da que pensar y que agradecer para el que sea artista, porque va a poder jugar su juego durante toda su vida.
Luego que terminó de cantar, el cantaor flamenco volvió a su inmovilidad, apenas agitado. El mismo rostro pétreo con apenas una semisonrisa, los aplausos llovían: Ole! Ole!, gritaban los espectadores, Ole!, desencajados, Ole!, emocionados. El documental sigue, el cantaor confiesa 78 años, al ver una filmación suya de hace 18, se ríe de su falta de sutileza en el cante flamenco (apenas tenía 60 años).

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